En busca de la Piedra del Arca
Búsqueda de la Piedra del Arca. Un anciano enano de barba trenzada y mirada melancólica, llamado Baldrik, se acercó a mí. Me contó que su familia había sido la guardiana de una piedra legendaria, la Piedra del Arca, que había desaparecido sin dejar rastro. Me pidió ayuda para encontrarla, ya que temía que hubiera caído en manos equivocadas. Le prometí que haría todo lo posible para recuperarla.


Le pregunté dónde la habían visto por última vez, y me contó que su abuelo la había escondido en una cueva secreta en las Montañas Azules. Sin embargo, al regresar a buscarla, se dio cuenta de que la cueva había sido saqueada. Mi primera tarea sería ir a ese lugar y tratar de encontrar pistas. Me preparé para el viaje y partí hacia las montañas mientras masticaba un trozo de pan de viaje. Sabía que el camino no sería fácil.
Las Montañas Azules
El camino se iba estrechando a medida que avanzaba por la ladera. Los riscos se alzaban a mi alrededor y el viento susurraba entre las piedras. La brisa fresca traía consigo una inquietante sensación de ser observado desde las sombras. Al llegar al umbral de la cueva, marcado por antiguas runas desgastadas por el tiempo, decidí entrar.
Dentro, la oscuridad era casi absoluta, apenas rota por la luz de mi antorcha. Vi rastros de lucha: piedras caídas, marcas de espadas en las paredes y huellas que indicaban que alguien había estado aquí recientemente. Sabía que no estaba solo. Escuché un crujido de piedras y rápidamente me escondí detrás de una roca.
El Enano Misterioso
Apareció una figura baja y robusta con un yelmo abollado y una capa desgarrada. Era un enano de cabellos grises, con una mirada astuta. Me vio y levantó su hacha, pero antes de que pudiera reaccionar, le dije que venía en busca de la Piedra del Arca.
—¿La Piedra del Arca? —dijo con voz profunda—. No eres el primero en buscarla.

Me contó que había oído rumores de que un grupo de bandidos había robado la piedra y la había llevado al Bosque de Brethil. Decidí seguir esa pista y me despedí del enano, quien me advirtió que los bandidos no serían fáciles de enfrentar.
El Bosque de Brethil
El bosque era denso y silencioso, con una niebla que flotaba entre los troncos. Me movía con sigilo, atento a cualquier sonido. Después de un tiempo, vi el destello de una fogata entre los árboles y me acerqué con cautela. Un grupo de hombres rudos estaba sentado alrededor del fuego, bebiendo y hablando en voz baja. En el centro de su campamento, sobre un cofre abierto, vi la Piedra del Arca, brillando con un fulgor azul profundo.
Sabía que no podía enfrentar a todos directamente, así que decidí esperar. En la madrugada, cuando la mayoría dormía, me acerqué sigilosamente. Con cuidado, tomé la piedra del cofre, pero justo cuando me disponía a marcharme, una rama crujó bajo mi pie y uno de los bandidos se despertó.
Huida y regreso
El bandido gritó y el campamento se alborotó. Corrí con todas mis fuerzas entre los árboles, escuchando los pasos y las maldiciones de los bandidos persiguiéndome. La luz de la luna guió mi camino hasta que, de pronto, una figura alta y encapuchada apareció entre las sombras. Era un montaraz, quien sin decir palabra, disparó una flecha precisa que hizo retroceder a mis perseguidores.
—Sígueme —dijo con voz firme.
Corrimos juntos hasta que dejamos atrás el peligro. Me guió por un sendero oculto y pronto llegamos de regreso a las Montañas Azules. Al amanecer, encontré a Baldrik esperándome fuera de su hogar. Cuando le entregué la Piedra del Arca, sus ojos se iluminaron con gratitud.
—Has hecho un gran servicio a mi familia —dijo emocionado—. Siempre serás bienvenido aquí.
Agradecí sus palabras y me despedí. Había cumplido mi misión, sabía que más aventuras me esperaban en la vasta tierra de la Tierra Media.
